La Universidad de Harvard

La Universidad de Harvard

Cuando, en 1638, el clérigo John Harvard dejó en su testamento sus libros y la mitad de sus ahorros para fundar una biblioteca y dotar un colegio no podía imaginar que sus 400 libros se convertirían en 15 millones de volúmenes, la cuarta biblioteca del mundo, y sus 700 libras se transformarían en 35.000 millones de dólares en lo que es hoy la mayor organización sin ánimo de lucro del planeta: la Universidad de Harvard.

Cuando, en 1638, el clérigo John Harvard dejó en su testamento sus libros y la mitad de sus ahorros para fundar una biblioteca y dotar un colegio no podía imaginar que sus 400 libros se convertirían en 15 millones de volúmenes, la cuarta biblioteca del mundo, y sus 700 libras se transformarían en 35.000 millones de dólares en lo que es hoy la mayor organización sin ánimo de lucro del planeta: la Universidad de Harvard.

Los apenas nueve alumnos que estudiaban en 1636 bajo la dirección de un único maestro en el recién creado New College jamás podían imaginar que algún día sobre aquel mismo suelo se anudarían cotidianamente las vidas de 2.500 profesores, de los poco menos de 7.000 estudiantes de grado que se agrupan en torno al Harvard College, y de los poco más de 12.000 de posgrado que se distribuyen fundamentalmente entre la Facultad de Artes y Ciencias, que incluye también Ingeniería y Físi­ca Aplicada, y las Escuelas de Administración de Empresas, Odontología, Diseño, Divinidad (Teología), Educación, Gobierno, Leyes, Medi­cina y Salud Pública.

Historia de la Universidad de Harvard

Para albergar el conocimiento, para servir de cauce a su transmisión, para multiplicar la investigación en todas las ramas del saber, para alojar a los estudiantes, para servir de escenario a sus vidas ha crecido durante los últimos casi 400 años en Cambridge, frente a Boston, al otro lado del río Charles, la Harvard Yard, una ciudad de más de 300 edificios no lejos de donde se asienta el M.I.T., el Instituto Tecnológico de Massachusetts, la institución que disputa amistosamente a la Universidad la primacía mundial en el ámbito de la investiga­ción y del conocimiento.

Cualquiera puede, como han hecho miles de estudiantes en los últimos 100 años, atravesar la Johnstons Gate e iniciar desde Harvard Hall, en­tre el verde de la vegetación y el rojo y el blanco de buena parte de las fachadas, una peripecia fascinante a través de la naturaleza y la historia de la arquitectura. Frontones y columnas que actualizan la herencia clásica, torres que evo­can fabulosos castillos o imposibles catedrales medievales, coexisten con el más bello estilo colonial americano y con algunas de las más deslumbrantes creaciones de la arquitectura contemporánea: el Carpenter Center for the Visual Arts, él único edificio de Le Corbusier levantado en suelo norteamericano, el Gradúate Center de Gropius y sus discípulos o el Science Center o el Holyoke Center diseñados por el ar­quitecto catalán Josep Lluis Sert, decano, como Gropius, de la Escuela de Arquitectura.

A los colegios y a las escuelas, a los labora­torios y a los dormitorios de los estudiantes se superpone el denso tejido cultural en el que se forja el resplandor de la institución más allá del estricto cumplimiento de su función docente: sus 90 bibliotecas diferentes, todas juntas, tienen más libros que la biblioteca Nacional de España y que casi todas las bibliotecas de mundo. Solo la biblioteca Británica de Londres, la biblioteca Nacional de París y la biblioteca del Congreso en Washington pueden presumir de atesorar en sus depósitos más volúmenes. Pero es que Harvard contiene también tres mu­seos de arte, tres museos de ciencias naturales, un museo de arqueología y etnología, un museo semítico y una filmoteca. Los tesoros que en­cierran son, en sí mismos, un viaje que permite abarcar el mundo sin traspasar los límites del campus: esqueletos de antiguos dinosaurios, el pez celacanto que se creyó desaparecido durante 70 millones de años, la cultura material de los indios norteamericanos y de los mayas, las colecciones de arte indio y el islámico, los tesoros de la Edad Media alemana, la Biblia de Gutenberg, tablas de Fra Angélico, un retrato de Rembrandt, cuadros de los impresionistas franceses o del primer Picasso.

Y además, el recinto alberga los edificios administrativos, los periódicos Harvard Crim-son y Harvard Lampoon, capillas e iglesias que recuerdan que hasta 1965 Iglesia y Estado compartieron la administración de la Universi­dad, una emisora de radio y otra de televisión, escenarios y compañías de teatro, coros y orquestas, centros para la Ciencia y para las Humanidades, un jardín botánico...

Pero lo que hace más fascinante el campus no son los edificios, sino la vida que tiembla alrededor de ellos, el tráfago constante de pro­fesores y alumnos en invierno bajo una espesa capa de nieve, el amor sobre el césped o la lectura bajo los árboles durante el bello otoño de Nueva Inglaterra o su lujuriosa primavera.

Claro que al menos durante una parte de su historia algunos de esos privilegios estuvieron re­servados exclusivamente a los varones. Radcliffe College, en Cambridge, fue fundado en 1879, a casi un kilómetro al norte de la Harvard Yard para permitir a las mujeres el acceso a los estudios universitarios. Harvard y Radcliffe no se unificaron formalmente hasta 1977 y desde hace menos de una década su edificio se ha convertido en la sede del Institute for Advanced Study.

Incapaz de contener su desarrollo en el interior de la Harvard Yard, el campus hoy cruza el río para levantar la Business School o se extiende a lo largo de él, desde Cambridge hasta Allston donde todavía en estos días se proyecta la creación de dos nuevos complejos de edificios dedicados a la investigación tecno­lógica que ocuparán una extensión de 100.000 metros cuadrados.

Con todo, lo más importante de la herencia de Harvard es su patrimonio inmaterial, el que ha producido 12 premios Nobel y seis presi­dentes norteamericanos, entre ellos Franklin Delano Roosevelt y John Fitzgerald Kennedy. Es la huella invisible pero tangible que han dejado poetas como Robert Frost o T.S. Eliot, novelistas como Norman Mailer y Henry James, arquitectos como Philip Johnson, Gropius y Sert, actores como Jack Lemmon, biólogos como uno de los descubridores de la estructura doble hélice del DNA, James Watson.

Por eso, al contemplar el continente, no con­viene olvidar el contenido, el que se oculta en el interior de los edificios, el que, aunque no la veamos, terminará por cambiar nuestras vidas: muchas de las mejores mentes de nuestra ge­neración, y de las de las generaciones que nos preceden, y de las que nos suceden, trabajan día a día, en sus bibliotecas, en sus despachos, en sus laboratorios, en sus estudios, en sus talleres, para dar a luz los descubrimientos que revolucio­narán nuestro mundo, las terapias que alargarán nuestra vida, las obras de arte que nos harán gozar y nos permitirán entender el mundo en que vivimos. Es justamente eso lo que ha hecho de Harvard el paradigma universal de la sabiduría y el conocimiento, de esa incesante búsqueda de la verdad, Ventas, el enfático lema que ostenta la Universidad en su escudo de armas.

Las mujeres han trabajado desde la creación del mundo. Esto no es novedad. Todas y cada una de ellas, cada mujer del Uni¬verso, sabe que la sociedad les ha pe¬dido todo: ser buenas hijas, adoles¬centes honestas, novias fieles, madres contentas, esposas flexibles, abuelas generosas y, cuando se van de esta vida, dejar recuerdos sublimes. Pero la sociedad también les ha exigido ser in- la- ti- ga- bles.
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